miércoles, 30 de mayo de 2012

CRÓNICA DE LA GUARDERÍA ABC

La fe, el amor y el dolor de una madre

Por: Julio César Márquez
Tomado de Twitter: @JULIOMARQUEZ1
Alguna vez dije: “el 5 de junio, junto con nuestr@s hij@s, murió mucho de nosotr@s y varias veces, después de las 3:15 pm”. Ese día, criminalmente el gobierno nos ocultó, por muchas horas, que muchos de nuestr@s niñ@s habían muerto dentro de la Guardería ABC: “órdenes de Bours”, dijo una maestra cuando Estela le reclamó el por qué ella no nos dijo que Yeyé había muerto, si ya le habíamos preguntado.
Después de haber buscado a mi hijo en la guardería, acordé encontrarme con Estela en el Hospital CIMA. Era un caos: gente gritando, gente llorando. Recuerdo claramente el rostro de Estela cuando nos encontramos; me sorprendió su mirada tan serena. Ella me transmitió la seguridad de que encontraríamos a nuestro hijito sano y salvo.
Fueron –creo- cuatro o cinco horas de incertidumbre, pero de esperanza. Mi esposa y yo nos mantuvimos siempre en un rincón, orando en silencio. Gritos, reclamos de cientos de personas. Ella me decía: “no escuches, piensa en Yeyé, está bien, seguramente en un momento más lo tendremos entre nosotros”.
Después de ese tiempo, un vocero anunció que era necesario pasar a Medicina Legal. Había 24 bebés muertos. Histeria total, desmayos.
Hacia allá nos dirigimos, yo sentía morir, pero ella seguía diciéndome que todo debíamos confiárselo a Dios. Yeyé no estaba ahí.
Transcurrieron más horas de angustia. Empecé a entender la magnitud de la tragedia cada que pasaba una pareja a ver fotos en la computadora. Decenas de fotos de caritas sin vida. Padres esperando no ver a su bebé entre esos rostros.
Mientras esperábamos, escuchábamos estallidos de dolor, gritos, maldiciones. Veíamos salir parejas desechas por haber tenido el infortunio de haber perdido un hijo.
Nos tocó el turno de pasar a mirar esas fotos: la tercer carita que vi, era la de mi hijo. Lo habíamos perdido.
Estela no quiso creer, su mente lo negaba. Pedimos ver su cuerpecito, lo vimos a través de un cristal. Al descubrirle la sábana a medio cuerpo, ella sólo dijo: “mi niño”. Se quedó en shock. No lloró, no maldijo, no gritó, sólo silencio.
Dos horas de trámites después, salimos de ahí.
En este año y dos meses sin nuestro hijito, he aprendido a admirar mucho más a mi mujer, esforzarse por salir adelante, por nuestros dos hijos y por ella misma: terapias, medicamentos, todo lo que fuera necesario.
Verla cada noche, al acostarse, abrazar la frazadita de Yeyé y dormirse, aspirando el aroma que aún conserva, me dolía en el alma. Era lo único que ella podía hacer, ya lejos de la vista de Fafita y Bran. Ellos no debían darse cuenta de lo que vivía mamá dentro de ella.
Eso, y el haber guardado su sentir aquella tarde, por tener fe, le hizo mucho daño. Hay heridas del alma que jamás se curan, pero debes luchar por sanar las que puedas, por los que amas… Hoy, Estela se encuentra lejos de casa, de sus hijos y de mí, tratando de sanar su mente en un hospital psiquiátrico. Lo hace por amor.
El reconocimiento a Estela, mi esposa, la madre de mis hijos, por su valentía, su sacrificio, para volver a ser la mamá que sus hijos necesitan.

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